Un grupo de mujeres de Bongo Soe, en Bolgatanga (Ghana) sostiene enormes recipientes llenos de licor. Una mezcla con un intenso olor a tierra que amasan con habilidad. El enigmático aroma da una pista de lo que saldrá del gran envase metálico: la manteca de karité.

Los Frafra son agricultores de subsistencia, lo que cultivan es para la familia, no para la venta. Cosechan pequeños trozos de tierra durante la estación de lluvias y guardan así reservas para cuando llega la sequía, conocida localmente como época de hambruna, porque en ese tiempo no crece prácticamente nada.

En el pasado, las mujeres se veían obligadas a desplazarse al sur cada año, para combatir las condiciones áridas. La necesidad de encontrar un trabajo las forzaba a abandonar a su comunidad y a su familia.

Todo cambió con la llegada de la cooperativa de mujeres Ojoba para el tratamiento del karité, que supo aprovechar una zona repleta de estos venerados árboles y la sabiduría de las mujeres de la comunidad, cuyas habilidades habían adquirido generación tras generación. Entre ellas, la de procesar la manteca a mano, un método tradicional y eficaz.

El proceso empieza con la recolección del fruto, después se separan las semillas y se lavan, eliminando las de color oscuro, que son las que han germinado y pueden influir en la calidad de la manteca. Tras esto, se quita la pulpa externa y se hierven; el intenso sol africano se encarga después de una parte importante: el secado.

A continuación, se lavan y secan otra vez, y lo que queda se pasa por una máquina que los machaca, hasta que quedan reducidos a trozos gruesos, de los que sale la pulpa de su interior. Esta pulpa se tuesta en el fuego hasta que adquiere una consistencia parecida a la del praliné.

En esta etapa, la masa se somete a un proceso de prensado mecánico para convertirla en un licor muy similar al chocolate derretido; después las mujeres la baten a mano con movimientos rítmicos, hasta que consiguen que se forme una capa densa en la superficie, que es la manteca de karité.

La cooperativa, que ya cuenta con 400 mujeres, se ha convertido en una fuente segura de ingresos durante todo el año. Ahora pueden sustentarse también en la época de escasez; también pueden permanecer en su comunidad, cerca de sus familias. Ya no hay necesidad de emigrar.

Ahora, reúnen suficientes fondos como para pagar el colegio y el seguro médico de sus hijos; además, la cooperativa les da acceso a un sistema de microfinanciación, por el que pueden solicitar fondos para establecer su propio negocio.

El entusiasmo y la ambición en la comunidad no ha dejado de crecer y el grupo continúa alcanzando metas, a medida también que entran en juego nuevas empresas regenerativas. No hace mucho que las mujeres celebraron la apertura de una nueva biblioteca comunitaria, la primera en esta región rural de África nordoriental.

“Cuando estoy con ellas, me siento más fuerte y feliz”, afirma Atanpoka Abongo, una mujer con un papel principal en la cooperativa, que explica el apoyo que recibe de sus compañeras: “A veces tengo un problema en casa, que no sé cómo afrontar, pero lo hablo con ellas, compartimos ideas y enseguida me doy cuenta de que puedo con él. Me animan a afrontar cualquier cosa”.

 

Autor:
Paulo Melle