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Basuras marinas: hacia una manera nueva de producir y consumir

A pesar de que este verano se cumplirán 46 años de aquella primera gran cumbe global sobre medio ambiente en Estocolmo, seguimos sin dar en la tecla correcta que despierte a nuestra especie de la anestesia y el embotamiento que padecemos respecto al cuidado de nuestro planeta.

Como en toda situación o desafío que nos plantea la vida, algunos verán el vaso medio lleno y otros medio vacío. Quizá la pregunta adecuada no sea ya cuanto hemos hecho en estas cuatro décadas y media, sino si lo hecho alcanza o no para comenzar a revertir este desaguisado.

El cuidado de “nuestra casa común” sigue sin aparecer en la pantalla de nuestros radares a pesar de los incontables intentos, algunos con más o menos acierto, de cambiar el “chip” de empresarios, consumidores o responsables políticos.  

Es perfectamente entendible que vivamos nuestras vidas pendientes de lo inmediato; sacar adelante a nuestra familia, pagar el alquiler o la hipoteca, conservar la salud o llevar el pan a la mesa. Pero lamentablemente esa inmediatez nos hace perder de vista la conexión entre medio ambiente y calidad de vida. Y con esto no hablamos de “qué lindo es el paisaje” o “qué bonito el osito panda”. Hablamos de la calidad del agua que bebemos, de la comida que comemos (por cierto, una historia aún no contada) y del aire que respiramos todos: pobres y ricos, integrados y marginados, los de aquí y los de allá.

Nos hemos posicionado fuera del medio ambiente. No nos consideramos parte de él. La idea de que somos un engranaje más de la naturaleza y que debemos protegerlo nos es ajena. Seguimos tirando piedras contra nuestro propio tejado maltratando y destruyendo el sistema que da soporte vital a nuestra especie. El plancton está comiendo microfibras de plástico que llegan a los ambientes marinos. Si recordamos lo que nos explicaron en la escuela sobre cómo funciona la cadena alimentaria podremos deducir las consecuencias de esto. Otra cosa es que sigamos mirando hacia otro lado ignorando noticias tan alarmantes como los resultados hechos públicos a fines de 2017 que nos indican la presencia de micropartículas de plástico en el agua del grifo y en la sal de mesa.

Son casi ya 8 millones las toneladas de plásticos que acaban en el mar cada año, lo que equivale a un camión cada minuto. Para 2050 se calcula que habrá más plástico que peces en el mar. Y es que los plásticos son, con diferencia, el tipo más abundante de basura que llega a nuestros ambientes marinos.

La creciente presencia de residuos en el mar no solo es perjudicial para la fauna y los ecosistemas marinos, sino que también impacta significativamente en el turismo, en la seguridad en la navegación, el gasto público y la salud. Es muy importante que localmente seamos capaces de concienciar y hacer partícipes de este reto a empresas y particulares.

No deberíamos cerrar los ojos ante un asunto que, de un modo u otro, nos afecta a todos. El problema de los residuos marinos no ha calado aún en la mayoría de la población española. Es un tema que permanece a día de hoy reservado a una minoría, lo que obliga a la necesidad de coordinar esfuerzos para crear un movimiento que sea consciente de este problema y que se constituya en el motor que potencie un cambio en nuestros hábitos. Debemos entonces tomar conciencia de que nuestra indiferencia cotidiana representa un serio peligro para las generaciones presentes y futuras, y que todos compartimos la responsabilidad de dar ese golpe de timón necesario para cambiar el rumbo hacia una nueva manera de producir y consumir.

Es importante que desde nuestro ámbito local entendamos el grado de conexión que tenemos con el resto del mundo. Todos estamos conectados a través de los mares y océanos, y es localmente donde debemos actuar. En un camino de ida y vuelta, lo que ocurra en nuestro territorio puede afectar al resto del mundo y viceversa.

Queda mucho por hacer. La solución dependerá de las actitudes que asumamos como consumidores, empresarios o responsables políticos, y para esto la concienciación sobre este problema deber ser una prioridad. Creo que la decisión política ha sido la clave de los logros y avances significativos que hemos visto en los últimos años en temas como el uso del cinturón de seguridad o la prohibición de fumar en lugares públicos. Sin ella, todo intento por revertir la creciente marea de residuos marinos quedará limitado a meras intenciones que no harán más que hacernos perder oportunidades.

Cualquier profesional de la pedagogía, la psicología o la comunicación me aconsejaría terminar estas líneas en clave positiva, con una bocanada de aire fresco que dé lugar a la esperanza; algo así como la típica “aún estamos a tiempo de cambiar”…, etc. Permítanme que esta vez no lo haga así. El tema es que el tiempo apremia y sospecho cada vez más que el remanido “estamos a tiempo” puede terminar siendo la guarida perfecta donde refugiarnos y poder así continuar gozando de los efectos de la anestesia.

Daniel Rolleri
Director - Asociación Ambiente Europeo